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Los amigos se juntan a cenar en lo de Tincho porque tiene un departamento - muy bien puesto - en pleno centro y de ahi a los bares hay poquitas cuadras. Son cinco, están todos separados o solteros, y andan por mitad de los treintas. La charla varÃa de un tema a otro pero siempre rozando las mujeres, hasta que se comenta lo feo que serÃa garcharse una gorda, supuesto que, en un extraño brote de consciencia, se debate enseguida: no con el argumento contrario, si no conque estamos opinando al pedo o desde la botella, ya que nadie de los presentes se garchó jamás a una gorda, o al menos no lo confiesa. Decididamente agnósticos, los amigos de Tincho (y Tincho mismo) concluyen entonces que cojer con una gorda es un misterio… que suponemos feo, pero del que somos ignorantes. Como buenos empiristas, Tincho y sus amigos establecen que el paso lógico siguiente es cojerse una gorda, proyecto que todos aplauden pero ninguno encara en calidad de explorador. Finalmente acordaron dejar en manos del destino la elección del sujeto, y arbitraron que el primero en cumplir e objetivo deberÃa inmediatamente organizar una cena como ésta para comunicar los resultados.
No pasó mucho tiempo antes de que Tincho cantara pri, aunque venÃa de mala racha con las minas; o a lo mejor justamente por eso. Tal lo acordado, el viernes siguiente y tallarines con pollo de por medio (con un tinto ma-ra-vi-llo-so y casero que uno de los amigos de Tincho habÃa conseguido de vaya uno a saber dónde), se reunieron para escuchar el reporte. Un lástima, porque Tincho se limitó a una frase: “No hay nada de feo, en absoluto, en tener sexo con una chica gordita“.
A pesar de los ruegos y las amenazas, Tincho no dijo nada más. Dice que desde ese dia le cambió la racha, eso si. Los amigos hablan de que no se acuerdan bien, pero seguro que fue el mismo Tincho quien habÃa iniciado, aquella noche, el dilema.
El bar arde de gente y de calor, y todos se devoran: escotes, ojos, jeans apretados, minis, corpiños de biquini, más ojos. En la punta de la barra la gorda está quietita; se fuma un pucho, se toma un cuba libre, se repinta la trompita y asà se queda. Las chicas zangolotean el escote a ver si se ve el Caro Cuore, bailan, le roban cigarrillos al rubiecito que se parece al guacho de Lost. La noche ya va por la mitad y la gorda sigue clavada en la punta de la barra, che… seguro que la plantaron, pobre. Las chicas bailan con unos brasileros (negritos ¡pero tan lindos!), sacuden el orto pero los pibes se zarpan mal con la cerveza. Ya casi a las seis las chicas se cansan y enfilan para la puerta, cansadas y solas.
¿Y la gorda? La gorda está enroscada en un sillón con el guachito de Lost. Sin escote, sin risitas, sin sacudir el culo, sólo a base de paciencia, después de las cinco vienen cayendo solitos, como buscando el envido.

Berta es pintora, pero en serio: cinco años en Paris. A lo mejor es de ahà que trajo la costumbre de instalarse todos los viernes a la noche en la barra del bar a beber y a mirar como descose blues  su banda preferida. Berta tiene una charla florida, se rie mucho y pesa noventa quilos de amor. Después de las cinco, los que todavÃa quedan se le acercan y le charlan, ella los deja enroscarse solos hasta que se enamoran. Berta entonces lleva su nuevo novio a su casa para que vea los cuadros que ella pinta y una vez ahi, mamma mia, agarrate porque vamos a galopar. El muchacho que, tarde y vencido, se le arrimó a la gorda con la esperanza de cojer se encuentra con mucho más que eso: Berta los secuestra hasta el domingo a la noche y los obliga a satisfacer plenamente toda su enorme ansiedad de amor durante todo el fin de semana. Las leyendas urbanas hablan de arriesgados intentos de fuga, de amenazas con un palo, de sogas…  pero a fin de cuentas nadie se ha quejado formalmente y Berta sigue estando en el bar todos los viernes a la noche, muerta de risa.
 Actualización del 6 de Marzo
Hace un par de noches fuimos con unos amigos a una parrilla en Lanús ; imaginene ustedes una mesa de muchachos buen mozos, discutiendo filosofÃa con nuestras pipas humeando y revoleando valores morales, cuando se nos viene la mesera (gorda y hermosa) con la parrillada criolla crujiendo a más no poder y posándola en la mesa nos larga: “Guarda que yo voy al medio“.
Todos nos quedamos mudos; yo me enamoré en ese mismo instante; nuestro guia espiritual, en cambio, con la pipa colgando del borde de la boca y rodeado de un aura de calma heróica, le contesta, para ejemplo de todos nosotros: “Mirá vos“.
Gordas mágicas y argentinas, no nos falten nunca.